Hace un tiempo se hizo viral un reto de “no hacer nada”. Pones un reloj una hora y, literal, no haces nada. En uno de esos videos alguien comentó: “hacer esto hoy es como un lujo”. Me pareció primero gracioso, luego raro y finalmente un poco cierto.

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Me gusta hacer pequeños experimentos relacionados con creatividad y productividad. Y bueno para empezar poco a poco, antes de manejar al trabajo, decidí no encender la radio y poner ese podcast pendiente. Tenía casi una hora de camino (aún no estaba listo para hacerlo en mi casa con un temporizador de 1 hora jaja) Quería ver si se me ocurría algo, si el silencio traía ideas nuevas. Ver cuánto aguantaba conmigo mismo sin nada de fondo.

Les soy honesto: los primeros diez minutos fueron incómodamente silenciosos, como que les faltaba algo. Me resistía. Tenía un podcast a la mitad (irónicamente se trataba de cómo generar más y mejores ideas), le faltaban 25 minutos, y mi mano quería poner play. Mi cerebro buscaba input desesperadamente.

Recordé que la última vez que estuve aburrido de verdad fue visitando a mi papá en el campo, cuando nos quedamos sin internet. Llevaba muchísimo tiempo sin estar aburrido. No aburrido scrolleando el teléfono. Aburrido de verdad. Solo yo y mis pensamientos, sin nada que los interrumpiera.

Lo peor es que yo creo, como cree la mayoría, que mientras más cosas hacemos más productivos somos.

¿De verdad estás aprendiendo?

Cada vez que aprendes algo nuevo, tu cerebro crea una traza frágil en el hipocampo, esa parte pequeña con forma de caballito de mar que usamos para formar recuerdos y en el aprendizaje. Es como arrastrar un palo por la arena mojada. Para que esa traza se vuelva un recuerdo real, el cerebro necesita una ventana de consolidación: un rato de descanso donde repite la traza, refuerza las conexiones y la guarda en la memoria de largo plazo, para que la siguiente ola no haga desaparecer el trazo.

El problema es que casi nunca paramos a digerir. Saltamos de un video a otro, de un podcast a otro, de un artículo a otro. Más todavía si estás creando algo en internet. La información pasó frente a tus ojos, pero el cerebro nunca tuvo chance de hacer algo con ella.

Es escribir párrafo tras párrafo en la arena mojada, sin ver que las olas se llevan cada uno por detrás de ti.

Tratamos al cerebro como un contenedor. Metemos información y esperamos que se quede. Pero el cerebro no es un contenedor, es un procesador. Y a veces falla, simplemente porque no lo dejamos procesar.

Confundir consumir con aprender

Creo que muchos confundimos consumir con aprender. Y crear con publicar. En el medio nos saltamos el paso más importante: el silencio donde las piezas encajan.

Armando este ensayo vi un video épico de Van Neistat, un YouTuber que me gusta mucho. En una escena está frente a una máquina de escribir tratando de idear algo, y pequeñas piezas de rompecabezas empiezan a caer desde arriba.

Es una forma genial de representar lo que decía el director David Lynch. Lynch contaba que las ideas le llegan en fragmentos.

Como si en la otra habitación hubiera un rompecabezas ya armado, pero en la tuya las piezas cayeran de una en una. Las primeras no conectan con nada. Pero si te quedas quieto y escuchas, caen más. Y en algún momento algo empieza a emerger.

Nosotros hacemos lo contrario. Perseguimos las piezas. Más tutoriales, más referencias, más input. Y mientras más perseguimos, menos escuchamos. Al menos a mí me pasa. Siempre buscando, siempre haciendo.

Necesitas un breakthrough

Algo que estoy entendiendo: el descanso no va al inicio. Al inicio estás en modo búsqueda, reuniendo piezas, y está bien. El descanso llega cuando te bloqueas.

Cuando me bloqueo, mi instinto dice: busca más referencias. Otro video. Otro artículo. Pero casi siempre necesito lo contrario. Salir a manejar sin radio. Correr sin música. Caminar. Tener las notas y el libro al lado, sin forzar la conexión. Dejar que la idea desaparezca de mi cabeza para volver con ojos frescos. Como decían Lynch y Van: las ideas llegan en fragmentos. Yo le agrego algo: llegan cuando no hay input. Cuando no estás haciendo nada.

Y eso es bastante contraintuitivo. No se siente como trabajar. Se siente como perder el tiempo.

Tienes que dejar de hacer para hacer un buen trabajo. Nadie te lo enseña, nadie me lo enseño a mi. En la universidad no. En el internado del hospital no. En YouTube menos.

Hay una frase de Ken Robinson que me quedó grabada desde que vi su charla TED con el título “La escuela mata la creatividad”: nos educan fuera de nuestra creatividad.

Nos enseñan a estudiar, a memorizar, a consumir sin parar. Nunca a parar. Y la parte más importante del proceso creativo es la que menos se parece a trabajar. Aburrirte. Jugar. Dejar que el cerebro procese en silencio lo que ya sabe.

En neurociencia hay un nombre para lo otro: functional fixedness, o fijación funcional. Tu cerebro se vuelve buenísimo para hacer las cosas igual que siempre. Bueno para la rutina. Terrible para crear. Cuando los adultos dejan de jugar, de hacer pequeños experimentos, pasan tres cosas: la creatividad decae, la flexibilidad mental se desploma y resolver problemas nuevos cuesta el doble.

Jugar y experimentar no es "cosa de niños". Es un modo central del cerebro. Y el aburrimiento, el silencio, los hobbies vuelven a encender esos circuitos.

Ahora, esto no es una excusa para no hacer nada nunca. Deja de estudiar, arma un proyecto, empieza a construirlo: es la mejor forma de aprender.

Siempre en el proceso creativo hay bloqueos, paredes, y lo único que funciona cuando aparecen es chocar con esa pared, investigar cómo cruzarla, repetir hasta terminar. La pared se rompe haciendo, no acumulando tutoriales en guardados. El silencio no está sustituyendo tu trabajo. El silencio le da más espacio.

Yo antes pensaba que todo esto era una contradicción. ¿Cómo voy a tener más ideas consumiendo menos? ¿Aburriéndome más? Pero lo estoy practicando y las ideas aparecen. Antes mi espacio vacío estaba lleno de ruido. Ahora estoy aprendiendo a dejar que exista el silencio.

Todavía me cuesta. Hay días que solo quiero hacer y hacer y hacer. Pero poco entiendo que a veces la mejor forma de avanzar es detenerse.

Todo esto cabe en una pregunta.

¿Cuándo fue la última vez que estuviste aburrido de verdad? Sin pantallas. Sin input. Solo tú y tus pensamientos.

Respóndeme este correo. Quiero saberlo.

Gracias por leer,

Kevin

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